Compró una pizza… y encontró la muerte en una lluvia de balas
La madrugada del domingo 22 no se sentía como el final de una fiesta, sino como la continuación de la euforia del Carnaval. Curtis Pierre, un hombre de 36 años a quien todos llamaban «Bird», aún traía en el cuerpo el ritmo del carnaval. Había dejado atrás las luces del estadio Hasely Crawford y, como cualquiera que busca descansar tras una noche larga, sintió el hambre típica del amanecer.
Buscaba algo simple: una pizza.
Curtis detuvo su camioneta Hilux blanca en la concurrida zona de food trucks en Valsayn, a un costado del Grand Bazaar. El lugar, usualmente un refugio de comensales nocturnos y luces de neón, se convirtió en el escenario de una emboscada.

En el momento en que Curtis bajó para recoger su pedido, el destino se materializó. No hubo palabras, ni advertencias. De un vehículo gris descendieron dos figuras encapuchadas que personificaban la muerte: uno portaba un rifle de asalto y el otro una pistola.
«Bird» no tuvo oportunidad, pero su instinto lo obligó a correr, intentó huir hacia la esquina del boulevard, pero las balas fueron más rápidas.
Al caer al suelo, la piedad no hizo acto de presencia. Los sicarios se acercaron a su cuerpo inerte y, en un acto de crueldad final, vaciaron sus cargadores, asegurándose de que «Bird» estuviera bien muerto antes de huir hacia el norte, perdiéndose en la oscuridad de la carretera.
Sin embargo, el horror no terminó con los casquillos en el suelo. Mientras el cuerpo de Curtis yacía en la calle, la escena dio un giro cinematográfico y sombrío. Dos hombres, hasta ahora no identificados, se acercaron a la camioneta blanca que la víctima acababa de abandonar.
Sin titubear, uno de ellos subió al vehículo de Curtis y arrancó a toda velocidad. Lo que en principio parecía una ejecución directa, ahora dejaba una pregunta inquietante en el aire: ¿Fue un ajuste de cuentas, un robo planificado o una macabra oportunidad aprovechada en medio del caos?
Las luces de los food trucks siguieron brillando, pero la pizza de Curtis nunca fue entregada.
En Valsayn, una localidad de Trinidad y Tobago, el eco de los disparos reemplazó, por instantes, el eco de la música de carnaval


